jueves, 16 de junio de 2011

MI CABALLERO ROJO


Para decirlo de algún modo, ayer se cumplieron cuatro años de la partida de Humberto Reynoso. Un buen amigo de algunas confesiones y episodios breves pero intensos y, en algunos casos, dolorosos. Aprecié su hombría de bien y sus códigos (hoy que la palabra está tan bastardeada y algunos no tienen más que código postal). Tuve la dicha de incluirlo en mi libro Canilleras en el Alma con un homenaje al regalo que nos hiciera, su creación máxima, El Caballero Rojo.

No podría asegurar cómo ocurrió pero una tarde de invierno mi muñequito preferido de la colección de Jack cobró vida. Yo lo había hecho brincar, revol­carse, volar, latir, pero nunca conseguí que tomara dimensiones humanas y fuera de piel y hueso, de tripas y entrañas, de sentimientos y pasiones. El pe­queño emblema de plástico pintado, algo corroído por las contingencias del juego, siempre fue amén de mis ansias la resultante de un molde. Una entidad fabricada en serie. Una reproducción tosca del ídolo que me devoró buenos años de mi infancia y me enseñó algunos aspectos empíricos acerca de la leal­tad y la justicia.

Cuando lo tuve enfrente, máscara a cara, confirmé lo que no me costó in­dagar al auscultar el derrotero de diversas troupes de catch. Todas, sin distin­ción de jerarquías, así como nosotros portábamos su insignia, su monigote, su caramelera o su figurita, decían tener su Caballero Rojo y no tenían nada. Anunciaban sin decoro una aproximación distante y barata del paladín y aun­que se engañaran y nos trataran de engañar la parodia no admitía complicida­des. Comprábamos la entrada pero con el desarrollo del espectáculo no con­validábamos la estafa. Nadie podía ocupar su lugar y ninguno de cuantos atle­tas decidieran emulado, con atavíos mejor o peor logrados, conseguirían ha­bitar el personaje.



Se cree en el universo ramplón del catch autóctono que los enmascarados, los tapados, son apenas un traje en un baúl y que cualquier luchador es capaz de po­nérselo y encender la chispa. En el caso de El Caballero Rojo esta sentencia de los empresarios fue una quimera. Una probabilidad inviable porque la personali­dad del intrépido y leal defensor de la razón era -lo sigue siendo- auténticamen­te única. Una creación sofisticada, elaborada movimiento a movimiento, por un hombre que jamás usufructuó su identidad civil y que conocía absolutamente to­dos los por qué que fundamentaban el funcionamiento de su genial criatura.

La invención de Humberto Reynoso, Baby -El Baby-, era absolutamente diferente a todas cuantas se hayan erigido sobre la lona de un ring. Exclusiva.

Y personal aunque las características del ser cotidiano nunca se apoderaran del justiciero. Una forma de obrar elegida deliberadamente, constituida de gestos, ademanes, andares, procederes, llaves y tomas propias.

Cuando lo tuve enfrente no quise otra cosa que estrechado en un abrazo para expresarle mi agradecimiento pero fui tímido -él no me intimidó- y no tuve ocasión de desmitificarlo puesto que El Caballero Rojo se encargó de es­cindirse y mantenerse vívido a un costado del noble artesano que nos hizo transitar los períodos más afables de buena parte de nuestra existencia.

De andar por San Pedro, su tierra natal y final, me reconfortaría llevarle flo­res a Humberto por todo lo que hizo por nosotros sin percibir la dimensión y por la prudencia de dejar al héroe al margen de las despedidas, de las lágrimas, sin sed de ceremonias de réquiem, absolutamente de pie, vigente e inmortal.

La diversidad no es una licencia literaria. El legendario Baby tenía en sus manos las secuelas de sus quehaceres como estibador portuario, desde la cru­deza de su epidermis, a la crueldad de dedos rebanados. El Caballero Rojo posee palmas y yemas de seda con las que maniobra vaporosamente a sus ad­versarios y es preciso y minucioso como el más laureado cirujano.

Humberto tenía la contextura y las costumbres de cualquier vecino, estirpe de obrero jubilado, simpleza. El Caballero Rojo dispone de una elegancia ex­trema, es etéreo, estilizado y singular.

Reynoso era austero en sus dichos y en sus aspavientos, algo cohibido, un rostro en la multitud. El Caballero Rojo impacta con su carisma, impone su halo misterioso, es expansivo, pronunciado en sus manierismos y jamás pasa desapercibido.

El punto vinculante obedece a los ingredientes de origen, aquellos rudimen­tos intrínsecos que fertilizaron a la persona y al personaje: dones como la bonho­mía, la pasión, la integridad, el profesionalismo, la vocación y la caballerosidad.

Humberto Reynoso tuvo sus años beligerantes, supo ser pendenciero como una señal de rebeldía y en uno de esos arranques conoció al Martín Karadagián que aún no había descubierto la televisión y era un taquillero campeón-patrón bajo el tinglado del Luna Park. El Armenio ingresó al correo, lugar en el que Baby -ya mudado a Buenos Aires- se desempeñaba como cadete, acompaña­do por una cohorte de acólitos y el adolescente no pudo comprender un ideario y un comportamiento que años más tarde respetaría como mandamientos religiosos. Fiel a su fama de malo, Martín se comportó como un bravucón y apro­vechándose de que había mucha gente en la cola, se hizo promoción instantá­nea arremetiendo contra empleados y curiosos.

-Yo salté para defender a mis compañeros y ahí me di cuenta que la lucha no era broma. Le pegué mil piñas y ni lo moví, era una mole pese a su baja es­tatura. Se dejó atacar, me sobró porque no le hice ni un rasguño y en un solo movimiento, me trabó el brazo, me inmovilizó y al querer zafarme me rompió un dedo. Mi viejo le inició juicio pero después la cosa quedó en la nada -me contó una vez la anécdota.

Más tarde, con la fortaleza que adquirió en el Puerto de Buenos Aires, co­queteó con el boxeo para canalizar aquella iracundia juvenil. Lo hizo princi­palmente en clubes de Barracas junto a Alberino Miguel Tomasoni -volumi­noso y destacado animador también de Titanes en el Ring con representacio­nes como las del Balón Atómico y Sancho Panza-, un compañero de mil re­volcones, con quien decidió transformarse en catcher al resplandor de las temporadas brillantes de la actividad en el Luna y en Babilonia, un estadio emplazado en la zona lindera a la Torre de los Ingleses, sobre Retiro. Allí fue Baby Roca en una clara alusión a Antonio Rocca, el luchador argentino del que llegaban noticias prestigiosas por su faena en los Estados Unidos, pero no trascendía. Su histrionismo a rostro lavado carecía de magnetismo y pese a que era notoriamente capaz de imponer artimañas como valor técnico descu­brió cuánta expresividad podía sumar desempeñándose oculto. Como aque­llos actores que manejan la máscara neutra, olvidarse de los mohínes le signi­ficó poner en práctica teatralidad en toda su anatomía y llamó la atención rá­pidamente cuando en 1956, en la prehistoria de Titanes, en la agonía del catch como expresión popular vinculada a los deportes profesionales, se sumó al grupo de Martín Karadagián. Encarnó a La Araña -también presentado en algunos programas de mano como El Araña- y la propuesta sedujo al Campeón del Mundo, quien pese a recordar el episodio del correo, lo contrató de buena gana ya que Reynoso era una alternativa en la selva de los masto­dontes y una piedra preciosa en la idea de convertir ese producto en un espec­táculo para televisar. Peleaba agazapado y desarrollaba toda su agilidad y re­flejos, recurso que exhumaría años después para interpretar a El Leopardo, su doble rol en las épocas de bonanza económica como titán, con la cuidada con­signa de luchar en un registro absolutamente dispar al de El Caballero.

De cómo inventó al héroe que a mi entender conducido con un criterio de marketing y otro vuelo podría haberse convertido en un Batman criollo -de he­cho en las postrimerías del siglo pasado, Tony Torres, uno de sus fans manifies­tos, desarrolló un interesante cómic inspirado en El Caballero- hay una narra­ción romántica. No sé cuán verosímil pero es la que siempre mantuvo enhiesta el padre del enmascarado y no hay por qué contradecirlo. Se presentaba en Chile, en su etapa a rostro descubierto, cuando una herida cortante en el arco super­ciliar izquierdo lo dejó empapado en sangre. Al vedo librar la batalla con ese aspecto sin renunciar a su hidalguía una espectadora habría exclamado:

-¡Es un caballero! ¡Un caballero rojo!

Supongo que lo habrá influido Máscara Roja, un destacado catcher argen­tino de la primera mitad del siglo XX, quien también era aclamado con su verdadera identidad, Alfredo Legarreta. Lo cierto es que la ingeniería fue puntual y sigilosa. Para estrenarse en la caja de rayos catódicos Reynoso no sólo planteó un comportamiento sino que, además, diseñó un atuendo con de­talles significativos. A la capucha bermellón le adjuntó un arabesco blanco es­tilizado en sus puntas con una distribución triangular con alguna reminiscen­cia de las que comenzaban a imponerse en México pero a la vez distintiva. Y desarrolló botas bicolores y al slip rojo -entonces era habitual que los lucha­dores llevaran el torso desnudo-lo complementó con capas, batas y camperas de raso, algunas rojas con vivos blancos y otras blancas con vivos rojos, abso­lutamente únicas. Humberto decidió el perfil que complementó con su esposa de entonces, Selva, una habilidosa modista y artista circense que iría confeccionando los trajes y marcando la evolución progresiva de la estética Caballero -capacidad que le valió ser durante muchos años vestuarista de Titanes-. La vestimenta era un aspecto importante, pero sólo uno. Al impacto visual lo complementaría con la utilización que le daba a esos elementos. Por ejemplo llevaba una toa­lla roja al cuello que en pleno cuadrilátero, una vez recibidas las indicaciones del árbitro, despojaba con un golpe seco de manos hacia atrás, para que caye­ra en su rincón en manos de su segundo.

El trípode de su estilo amparaba otras dos cuestiones centrales. Primero sus actitudes satélite. Cómo progresaba hacia el ring: avanzaba casi en pun­tas de pie, solía darse impulsos moviendo sus brazos en redondo para templar sus músculos y articulaciones, la postura de sus manos, aun en combate, esta­ba caracterizada por utilizar sus pulgares despegados y hacia arriba, lo que lo colocaba en una actitud distinguida. Cómo accedía al cuadrilátero: llevaba una de sus piernas delante y de costado para acceder entre la segunda y terce­ra cuerda pero, abruptamente, en el instante de ejecutar la entrada, cambiaba el ángulo rítmicamente y hacía su entrada del mismo modo pero con la otra pierna y cambiando de dirección. Cómo se paraba en la lona: siempre en puntas de pie, atento al despegue, ligeramente perfilado, con uno de sus hom­bros en punta hacia el centro, guardia que mutaba permanentemente buscan­do su mejor ángulo para iniciar la confrontación.

El nudo, obviamente, era su filosofía como peleador. Su desempeño era muy limpio. No sólo porque acataba las reglamentaciones sino porque, ade­más, todo su comportamiento era pulcro, sus tomas eran prístinas y lucía y hacía lucir a sus oponente s tanto fueran técnicos como rudos. Su arsenal esta­ba constituido por diversas peculiaridades, entre ellas su golpe de puños pro­pulsado por una patadita al aire de su pierna derecha despegada del suelo, su tijera invertida tras utilizar el cuerpo del adversario para ponerse en vertical, su plasticidad de bailarín para administrar su peso y suspenderse liviano en el aire cuando resolvía ejecutar una patada voladora, sus registros a la hora de recibir los golpes valorizando a los oponente s con expresividad sin perder ga­lanura, sus definiciones de combate en rana o en puente con una prolijidad y simetría de artista plástico. En su repertorio aquilataba el manual completo de todas las llaves y contrallaves habidas y por haber a las que realzaba por la manera en que entraba y salía de ellas. Eran un clásico, un deleite y una satis­facción para su persona las competiciones con Ulises El Griego -Pedro Bo­cos-, a quien conocía de memoria, ya que juntos tejían las coreografías más depuradas y eximias colocando al catch en el escalón del ballet. Por fortuna, uno de los pocos testimonios fílmicos que existen del esplendor de El Caba­llero Rojo, algunas escenas de la película Titanes en el Ring de Leo Fleider, permiten observar uno de estos desafíos.

La gran aparición mediática del enmascarado escarlata se produjo el 3 de marzo de 1962, en la primera emisión del ciclo de Karadagián, el estreno absolu­to del programa en televisión. Confrontó con Luis Gonini en la cuarta lucha y la victoria despertó la admiración del público que ubicado en el mini estadio de Ca­nal 9 se preguntaba por el enigma de su identidad. En esa década fue una figura trascendente de la troupe aunque en la confección de sus argumentos Martín nunca le posibilitó trepar al pelotón de los que disputaban el certamen. Brilló en una segunda línea, siendo aventajado en la tabla de posiciones por El Campeón del Mundo, El Indio Comanche, Mister Chile o Rubén Peucelle, respectivamen­te. Entonces MK era bribón, un malo acérrimo, un patán, pero no se descarta que algún rasgo ególatra haya contenido la explosión competitiva de quien por en­tonces, como la mayoría de los agonistas, no poseía música característica.

Su fama trascendió el medio local y como era habitual en esa era, en diver­sas circunstancias, emigró del plantel o aprovechó pequeños parates para desarrollar su trabajo en Perú, en Chile y en Brasil donde se convirtió en ídolo y aún se reprisa la leyenda de El Cabaleiro Vermelho. Especialmente en la re­gión de Niteroi.

Estricto y dueño de una sola palabra, Reynoso siempre evitó las reyertas y cuando alguna actitud de la empresa le disgustó o se sintió disconforme por la remuneración -los sueldos nunca fueron cuantiosos, pero en etapas de mucha producción lograban una facturación interesante aunque no tenían participación en las ganancias extras, un foco de conflicto-, dio media vuelta y se fue aban­donando Titanes. Se reintegró en 1972 a la empresa para ser bastión de la impactante temporada desarrollada en la pantalla de Canal 13. El hito histórico -por rating, festivales en clubes y dos Luna Park, merchandising, cine-lo en­contró en plenitud y marcó su despedida. En noviembre de ese año se sumó a un grupo de luchadores que disconformes con los cachet decidieron la independencia. En el país no volvió a conocer el éxito ya que los diversos intentos inde­pendientes fracasaron pero se mantuvo vigente hasta bien entrados los '80.


Así como era intransigente con sus empleadores poderosos, era absolutamente permisivo y generoso con algunos de sus plagiarios. Jamás se le ocu­rrió patentar a su concepción como marca e hizo algunas concesiones por bo­nachón que indirectamente lo damnificaron. Ante mi preocupación por estos descuidos se encogió de hombros y pasó un poco por alto esas contingencias.


-¿Qué quiere que le haga? Que los muchachos se ganen su pan, yo vivo y dejo vivir, ¿sabe? O por lo menos, trato.

Muchos se adjudicaron y aún se adjudican haber sido El Caballero Rojo.

Están los luchadores que efectivamente lo representaron en algún espectáculo de menor repercusión, los distintos atletas que en las contadas ocasiones en que Titanes en el Ring volvió a recurrir al ídolo lucieron el traje (generalmente muy buenos profesionales, como René Tenembaum o Juan Carlos Torres. quienes siempre respetaron a Baby y nunca se apropiaron de la paternidad. ni hicieron declaraciones en ése u otro sentido), los ignotos que jamás treparon a un ring y se dan dique alimentando la especie, los que alguna vez mintieron piadosamente a sus hijos como parte de un juego (por caso, Alejandro Apo recuerda frecuentemente cómo su papá, quien le decía que era El Caballero Ro­jo, abandonaba la casa cuando se avecinaba la lucha, seguía las acciones en lo de un vecino, y retornaba al hogar un rato más tarde todo despeinado tras el combate contándole detalles fantásticos de lo que a Alejo y sus hermanos había conmovido a través de la tele). Esta pasión nacional por la usurpación de la identidad heroica consigna dos historias salientes.

Por un lado, la de un oficial de la policía militar, Miguel Pedernera, quien siempre tuvo el berretín de ser El Caballero y lo consumó durante décadas. Luchador de aptitudes regulares, serio y cumplidor como organizador de espectáculos de lucha, tácitamente se creyó su propia novela y vivió y se des­empeñó como si el personaje fuera de él. Como era pagador y respetuoso con los otros profesionales, varios de los que trascendieron a rostro descubierto va­lidaron su accionar formando parte de sus festivales. Incluso Baby, conocedor de su existencia, le permitió usufructuar su invento. Es más, hasta trabajó para él. En ocasiones como El Caballero Rojo y hasta en otros roles, lo que aunque no lo admitiera, le debe haber dolido en el alma y humillado pero tenía que co­mer y los luchadores nunca tuvieron en la Argentina resuelto su pasar.

-Le vaya confesar algo -murmuró una tarde cuando teníamos un poco más de confianza-. Yo no sólo trabajé para Miguel, quien conmigo siempre se portó muy bien, siempre fue un buen muchacho sino que en alguna ocasión, una o dos veces, no recuerdo bien, compartimos el show y él hizo de Caballe­ro. Yo tenía también una ropa negra de cuando organicé mis espectáculos y para que el público no comparara, aunque no luché contra él, ésa fue de las pocas veces que trabajé de malo. Traté de hacerme el rudo. No creo que me haya salido bien.

Un árbitro que participó de esa velada me confirmó la anécdota y me con­fió que bajo la capucha negra lo notó lagrimear.

El problema más severo de esta doble vida de El Caballero Rojo fue la ma­nera de entender al personaje. Mientras que Humberto fue cuidadoso al extre­mo para preservar el misterio. Su colega todo lo que pretendía era develar el enigma. Reynoso entraba a los canales y clubes solo, fuera del grupo, con las manos en los bolsillos, disimulando y le encargaba a otra persona que le lleva­ra el bolso. Se presentaba con su máscara en reportajes y homenajes, a los que llegaba ataviado aunque viajara en taxi o medio público, y nunca permitió que vieran su rostro. Hasta reprimió instintos primarios, de esos que cuando vivía en los edificios frente al Luna le hubieran valido llegar a las manos ("Me he comido apretadas, provocaciones, por ejemplo en el puerto alguna que otra vez para no vender mi identidad. Pesados que se me venían a hacer los malos para ver si saltaba, si de verdad era El Caballero Rojo, si era luchador, porque un compañero cometió la infidencia de venderme. Y gané, tenía que comerme las ganas de darles, pero era tan convincente en mi supuesta cobardía que los tipos terminaban yéndose con una frase: 'Mirá que este tipo, con este físico, tan desgraciado, va a ser El Caballero Rojo'. Ahora me divierto de contárse­lo"). Pedernera, como contrapartida, gozaba que creyeran que era él, es todo lo que pretendía, ésa era su obsesión. Solía desenmascararse estratégicamente donde pudieran verlo o dejaba asomar de su bolso parte del atuendo.

Por el otro, la de Norberto Imbelloni. En los corrillos de la política y el sin­dicalismo se alimentó la fábula de que el dirigente peronista había sido El Ca­ballero Rojo. Y hasta se pensó que en tiempos de persecuciones ideológicas se ocultó detrás del personaje y se ganó el mendrugo. Falso. La mendacidad no fue generada por el involucrado. Cierta vez, en la cárcel, le comentaron que había tenido una actitud de caballero y Beto Imbelloni, pícaro y para de­jar en claro su orientación social y su pasión por Independiente, corrigió.


-Siempre fui un caballlero, un Caballero Rojo.


Lo escucharon y el teléfono descompuesto derivó en lo que derivó. Ni más m menos que eso.


En tiempos de reconocimientos y revivals, allá por 1997, estuve cerca de Humberto porque cooperé en un intento por reconstruir la magia de Titanes en el Ring y me desvelaba qué hacer con El Caballero Rojo. Me parecía que era un personaje insoslayable pero tenía el prurito de cómo encararlo sin él, saber si era plausible la osadía. Primero busqué la opinión sobre este tópico de Rodolfo Di Sarli. Tras escuchar la definición del Maestro, que coincidía con el parecer de que era una atracción imprescindible, consulté a Baby sin disimulos y le planteé todas las contradicciones que me provocaba la idea. Pensé en voz alta y le sugerí su contratación corno entrenador de un supuesto hijo de El Caballero Rojo, escogido y formado por él, más su participación en el espectáculo con un traje especialmente diseñado y máscara de gala. Peina­mos detalles, me dio su punto de vista y juntos desistimos de introducirlo co­mo hijo -no supe a ciencia cierta si le molestaba el mote por no haber tenido descendientes en sus matrimonios-.Sólo nos faltaba resolver si iba a aparecer en público y hablaríamos del nuevo Caballero Rojo o si él trabajaría en la for­mación, sin mostrarse, para darle al paradigma de la corrección, perdurabili­dad... tras dos entrenamientos de la renovada troupe en el gimnasio de Ferro Carril Oeste, escogió a su sucesor y un posible suplente. Pacientemente le enseñó a Germán Padilla -hijo de uno de sus viejos rivales, El Mapuche- el abc, las nociones básicas de su creación y aunque éste era un luchador menu­do, le gustaba más que Jorge Di Cicca, sugerido por terceros, un profesional con más experiencia al que respetaba pero que en algunas pruebas lo notó más cerca de la caricatura que de la recreación fidedigna de sus formas. La jornada del debut de Germán en televisión y para mi gran sorpresa, al ingresar al vestuario, observé al discípulo sin cambiarse mientras que a su lado, en uno de los bancos de camarines, Baby se había metido nuevamente en la piel de El Caballero. Fue uno de los momentos más desconcertantes que me hayan tocado atravesar. Baby tenía entonces 62 años, acarreaba una larga inactivi­dad y su respirar se hacía tortuoso porque así como el héroe llevaba una vida sana, en el magnífico desdoblamiento, Reynoso era un fumador empedernido -no abandonó el vicio hasta sus últimas horas y lo doblegó finalmente una implacable enfermedad pulmonar-. Tras atenuar como pude el baldazo le pregunté qué había pasado.


-Mire -nunca nos tuteamos-, acá, los muchachos, me dijeron que tenía que luchar yo. No quería, no quiero saber mucho con esto, pero ellos me in­sistieron. ¿Usted qué dice?

Recorrí con mis ojos cada uno de los rincones del camarín y descubrí al par de veteranos combatientes que lo habían azuzado, que le dieron argumen­taciones falaces para que retornara a la actividad sin preparación, desmejora­do, con un aspecto que hubiera ridiculizado al personaje que tanto amaba. No fue una actitud de maldad hacia él ya que no sólo fue admirado por su capaci­dad sino que todos sus rivales adoraban su manera de ser. Era en realidad un ataque solapado a sus propias decadencias y a lo que auguraban próximo para ellos y la necesidad de perpetuarse aferrándose a cualquier cosa.


Tragué saliva, evalué morirme antes de tener que pasar por esa situación y ejecuté la decisión que jamás hubiera querido tomar. Con respeto, buscando cada una de las palabras, al borde de las lágrimas, lo ayudé a retirarse. La situación me deprimió mucho y en ese mismo instante me arrepentí de haberme asomado a la trastienda de mis devociones infantiles. Debíamos haber toma­do como excluyentes aquellas máximas de Martín Karadagián: "Si no está Martín Karadagián, no es Titanes en el Ring" o "Titanes en el Ring se va a morir conmigo".


Alentó a Padilla en su primera presentación, le gustó lo que vio y lo expre­só con dichos escuetos pero generosos -obviamente, la versión original se­guía siendo insuperable- pero no apareció más. Pensé que había herido su or­gullo. Asumí que había ofendido a mi Caballero Rojo. El me tranquilizó por teléfono desde San Pedro.

-Quédese tranquilo, amigo. Usted me trató muy bien y le agradezco todo lo que hizo por mí pero no puedo aceptar el ofrecimiento. Yo no sirvo para co­brar sin hacer nada. Si yo ya no lucho, siento que les estoy robando la plata. ¿A qué voy ir? Ya le enseñé al pibe todo lo que tiene que saber, cómo voy a cobrar por eso. ¿Usted quiere que me paguen para mirar lucha que es lo que más me gusta en la vida?

Para que no me quedaran dudas me obsequió la ropa original de El Leopardo y siguió teniendo gestos de afecto -a su manera- que se me hacen cuento de sólo pensar en las tardes en que me entretenía jugando a ser él con el muñequito del Jack como musa del ídolo.

"Abrazáme, hoy estás más linda que nunca". Le dijo Humberto a Adela de Jesús, su segunda mujer en los primeros minutos de la madrugada del 15 de junio de 2007, y cerró los ojos para siempre. Se fue solo, como un auténtico militante de la hombría y entregado fervorosamente a la noble misión del encantamiento, no arrastró a nadie en su partida. Mantuvo en pie a la leyenda. Se murió él, tan solo él, porque El Caballero Rojo es un mito de infancia y los héroes de verdad tienen la capacidad de ganarles a todos.

Mirá lo que te digo, vos ponés un ring ahora acá y te juro que El Caballero Rojo es capaz de poner de espaldas al paso del tiempo y a la muerte juntas.

3 comentarios:

  1. Loco ,es la primera vez que leo esto y tu comentario acerca del Baby es fantastico ,no tengo el placer de conocerte ,pero lo escrito es suficiente,abrazos de un fana del caballero rojo y titanes !

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  2. Que lindo lo que escribiste. Lastima que la historia se olvido de mi Papá, el verdadero primer caballero rojo, Luis E. Burzoni y es justamente el de tu foto. Lamentablemente Canal 9 sufrio un incendio hace muchos años atras y se perdieron todos los rastros pero ojala algun dia se encuentre algun recuerdo de mi viejo.

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    1. Ezequiel...tu Papa TAMBIEN fue el Caballero Rojo???? y tu mama quien era??? Gatubela??? yo no puedo creer que la gente sea tan hipocrita como para desfigurar la imagen de un tipo que por simple y honorable humildad NUNCA salio a decir "YO SOY EL CABALLERO ROJO"...nadie dice haber sido Peucelle,,,nadie dice haber sido Karadagian...pero TODOS se vanaglorian de ser el Caballero Rojo...el UNICO caballero Rojo fue Baby Reynoso...fue el PRIMERO y el que dio origen al personaje..los que vinieron despues solo trataron de llenar un traje que les quedaba demasiado grande en cuanto al honor se refiere..y antes de Baby NO HUBO Caballero Rojo alguno!! NO MIENTAN MASSSSS

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